La perfección no es la meta, es el camino. Entre otras razones porque es inalcanzable; es la zanahoria a la que perseguir, las estrellas que contemplar, el horizonte que conquistar. Sí, suena un poco intenso, pero hay que reconocer que nunca alcanzaremos la zanahoria ni llegaremos a las estrellas -o parece que nosotros no lo veremos-; y nuestro horizonte, el de ahí enfrente, siempre estará allí, en el horizonte, avanzará a nuestro ritmo. Pero gracias a esas metas construimos carreras espaciales, artísticas y evolucionamos como personas y como sociedad.

Pero, si hacemos de la vida una búsqueda incesante de ese premio, la perfección estará casi a tiro. La persecución de la perfección es la esperanza de hallar algo quimérico, pero encontrar ese objetivo nos abocaría a la desesperanza, pues ya no tendríamos meta que perseguir. Si ese propósito nos obsesiona y nos perjudica en la vida, es que no es perfecto. Si el camino no aporta la felicidad, es que no es el camino adecuado. La perfección, en sí misma, puede acarrear esfuerzo y sacrificio, pero no amargura.

Perfección: un camino, una meta de Rodrigo Sánchez