Richard Feynman: ¡Está bien no saber cosas!

Lee todos los días.
Pasa tiempo con la naturaleza.
Haz preguntas.
Nunca dejes de aprender.
No prestes atención a lo que otros piensan de ti.
Haz lo que más te interese.
Estudia mucho.
Enseña a otros lo que sabe.
Cometer errores y aprender.
¡Está bien no saber cosas!

Richard Feynman

Dan Saffer: Excelencia, no éxito.

Excelencia, no éxito.
Disciplina, no talento.
Coraje, no duda.
Acción, no complacencia.
Elegancia, no lujo.
Perdón, no resentimiento.
Curiosidad, no certeza.
Gratitud, no envidia.
Creación, no quejarse.
Rareza, no conformidad.
Terminado, no perfecto.

Dan Saffer

Eduardo Punset: tres cosas que he aprendido

Si tuviera que elegir dos o tres cosas que has aprendido realmente a los 74 años, ¿qué cosas elegirías?

  1. Hay muchas preguntas sin respuestas, y se tiene que aceptar.
  2. Hay vida antes de la muerte. Palidece la importancia de si hay vida después de la muerte.
  3. Hay que aceptar que es bueno cambiar de opinión.

Eduardo Punset frente al mar

Hopepunk: demandar y crear un mundo mejor y más amable

Hopepunk nos dice que preocuparse genuina y sinceramente por algo, cualquier cosa, requiere valentía y fuerza. Hopepunk no trata nunca de sumisión o aceptación: se trata de ponerse de pie y luchar por lo que crees. Se trata de defender a otras personas. Se trata de DEMANDAR un mundo mejor y más amable, y de creer verdaderamente que podemos llegar allí si nos preocupamos el uno por el otro lo más posible, con cada gota de poder en nuestros pequeños corazones.

Alexandra Rowland The opposite of grimdark is hopepunk

José Carlos Ruiz: consumismo, experiencias, o búsqueda como felicidad

[Leticia Martínez] Y me estás recordando, toda esta parte que comentas, la importancia que parece a día de hoy que tiene la felicidad en nuestra sociedad. Es importantísimo ser feliz, pero en muchas ocasiones parece que ese «parecer feliz» prioriza, o es más prioritario que realmente serlo. ¿Qué piensas tú sobre la felicidad en el mundo actual?

[José Carlos Ruiz] Bueno, creo que estamos cambiando el paradigma de felicidad de un modo casi radical. Es decir, estamos dando la vuelta de un paradigma de felicidad que era más inocente, o más secundario en la vida de las personas, a un objetivo principal a conseguir. Yo creo que la felicidad anteriormente, es decir, la de mi generación, la de mis padres, tenía mucho que ver con una búsqueda. Y la búsqueda significaba encontrar o no encontrar, que existiese el objeto o que no existiese el objeto, pero no era prioritario en ninguna de las vidas, es decir, para nuestros padres, incluso para mí, lo prioritario era construirte la vida. Había de vez en cuando un encuentro con la felicidad, pero no era el objetivo. El objetivo era la construcción vital. Sin embargo, la felicidad contemporánea me parece que está más orientada hacia la conquista. Es decir, está, como diríamos hoy en día, en un mapa está «geolocalizada». Entonces, la gente de repente tiene en su cabeza una especie de «check list» donde necesita, pues, consumir la última novedad que ha salido al mercado, visitar el último país que se ha puesto de moda, necesita pues, no sé, ir al último restaurante a comer la última comida «foodie», practicar el último tipo de deporte, etc.

«Por primera vez en la historia, conviven dos circunstancias vitales: las reales y las virtuales. ¿Hasta qué punto unas están condicionando unas a las otras?»
Entonces en esa dinámica en la que estamos entrando, la felicidad está objetivada, y como esta objetivada, lo único que tienes que hacer es ir a conquistarla porque sabes dónde está. Y cuando la conquistas aparece una segunda, y una tercera, y una cuarta, entonces está encapsulando distintos modelos de consumo emocional. Antes teníamos un consumo material: la gente compraba cosas y le parecía que la satisfacción podría aparecer a través del consumo material, pero como el cambio climático ha puesto el materialismo en un plano moralmente preocupante, el sistema ha sido muy inteligente y ha disfrazado el consumo material del consumo emocional, porque así nos sentimos menos culpables. Entonces, han empezado a vendernos la importancia de consumir emociones, experiencias lo llaman. Entonces te dicen que lo importante en esta vida es llevarte una mochila de experiencias encima y que eso te va a dar esa felicidad. Entonces, estamos obsesionados con ir acumulando experiencias, una tras otra. Las consecuencias, para mí, son catastróficas. ¿En qué sentido? En el que entras en una dinámica en la que el consumo de experiencias se convierte en el eje que va a orientar tu vida. Y, al final, cuando no estás en ese proceso de consumo, estás solo, estás tranquilo en tu propia vida, se te genera una angustia. Se te generan esos nervios de decir: «Bueno, yo no sé hacia dónde voy, ahora tengo que hacer algo». No sabemos aburrirnos.

¿Somos incapaces de estar a solas con nosotros mismos? — José Carlos Ruiz

Rodrigo Sánchez: La perfección como camino

La perfección no es la meta, es el camino. Entre otras razones porque es inalcanzable; es la zanahoria a la que perseguir, las estrellas que contemplar, el horizonte que conquistar. Sí, suena un poco intenso, pero hay que reconocer que nunca alcanzaremos la zanahoria ni llegaremos a las estrellas -o parece que nosotros no lo veremos-; y nuestro horizonte, el de ahí enfrente, siempre estará allí, en el horizonte, avanzará a nuestro ritmo. Pero gracias a esas metas construimos carreras espaciales, artísticas y evolucionamos como personas y como sociedad.

Pero, si hacemos de la vida una búsqueda incesante de ese premio, la perfección estará casi a tiro. La persecución de la perfección es la esperanza de hallar algo quimérico, pero encontrar ese objetivo nos abocaría a la desesperanza, pues ya no tendríamos meta que perseguir. Si ese propósito nos obsesiona y nos perjudica en la vida, es que no es perfecto. Si el camino no aporta la felicidad, es que no es el camino adecuado. La perfección, en sí misma, puede acarrear esfuerzo y sacrificio, pero no amargura.

Perfección: un camino, una meta de Rodrigo Sánchez

La virtud ética, según Aristóteles

Virtudes

Aristóteles sostuvo lo que hoy se llama una ética de las virtudes. Según Aristóteles, las virtudes más importantes son las virtudes del alma, principalmente las que se refieren a la parte racional del hombre. Aristóteles divide la parte racional en dos: el intelecto y la voluntad. Cuando el intelecto está bien dispuesto para aquello a lo que su naturaleza apunta, es decir para el conocimiento o posesión de la verdad, decimos que dicho intelecto es virtuoso y bueno. Las virtudes intelectuales perfeccionan al hombre en relación al conocimiento y la verdad y se adquieren mediante la instrucción. A través de las virtudes, el hombre domina su parte irracional.

Existen dos clases de virtudes: virtudes éticas y virtudes dianoéticas. Ambas expresan la excelencia del hombre y su consecución produce la felicidad, ya que ésta última es «la actividad del hombre conforme a la virtud».

Las virtudes éticas son adquiridas a través de la costumbre o el hábito y consisten, fundamentalmente, en el dominio de la parte irracional del alma (sensitiva) y regular las relaciones entre los hombres. Las virtudes éticas más importantes son: la fortaleza, la templanza, la justicia.

Las virtudes dianoéticas se corresponden con la parte racional del hombre, siendo, por ello, propias del intelecto (nous) o del pensamiento (nóesis). Su origen no es innato, sino que deben ser aprendidas a través de la educación o la enseñanza. Las principales virtudes dianoéticas son la inteligencia (sabiduría) y la prudencia.

La templanza es el Punto medio entre el libertinaje y la insensibilidad. Consiste en la virtud de la moderación frente a los placeres y las penalidades.

La valentía es el punto medio entre el miedo y la temeridad.

La generosidad es el punto medio entre el uso y posesión de los bienes. La prodigalidad es su exceso y la avaricia su defecto.

Prudencia: el hombre prudente es aquel que puede reconocer el punto medio en cada situación. Cuando uno hace algo virtuoso, la acción es buena de por sí. La prudencia no es ni ciencia ni praxis, es una virtud.

La definición tradicional de justicia consiste en dar a cada uno lo que es debido. Según Aristóteles, existen dos clases de justicia:

La justicia distributiva, que consiste en distribuir las ventajas y desventajas que corresponden a cada miembro de una sociedad, según su mérito.

La justicia conmutativa, que restaura la igualdad perdida, dañada o violada, a través de una retribución o reparación regulada por un contrato.

Virtudes éticas de Aristóteles

Tabla de las virtudes aristotélicas
Ausencia Virtud Exceso
Cobardía Valentía Temerario
Insensibilidad Templanza Libertinaje
Frusilería Magnificencia Vulgaridad
Complejo de inferioridad Autoestima Vanidad
Falta de ambición Ambición adecuada Exceso de ambición
Falta de ánimo Paciencia Irascibilidad
Juicio insuficiente Veracidad Jactancia
Grosería Ingenio Bufonada
Mal carácter Simpatía Adulación
Descaro Pudor Timidez
Regodeo malicioso Indignación ética Envidia
Frusilería Generosidad Derrochador